
Notas, libros y campana
Rubén Fausto Murillo
Crónicas de un Cooltureta
Barcelona

En estos más de veinte años viviendo en Barcelona, he visto cómo lo mexicano se ha ido colando lentamente por las rendijas de su vida cotidiana. Sospecho que este fenómeno no es exclusivo de esta ciudad y que, en muchos rincones de Europa, nuestra presencia cultural es cada vez mayor. Pero como en toda historia de amor, uno habla mejor de aquello que ha vivido en primera persona.
Recuerdo lo complicado que era conseguir un aguacate hace dos décadas. Había que peregrinar hasta El Corte Inglés y pagar una cantidad cercana a una transfusión de sangre para conseguir un par de ellos, o aventurarse al mercado de La Boqueria, aquel territorio donde lo exótico empezaba a abrirse paso.
Más difícil aún era encontrar algo parecido a nuestra comida. Lo habitual era una versión tex-mex que atentaba contra las papilas gustativas y te dejaba añorando, con cierta tristeza patriótica, esos sabores que uno da por eternos hasta que descubre que puede pasarse años sin probarlos. México aparecía entonces reducido a una caricatura simpática y bastante perezosa: sombreros inmensos, cactus imposibles y mariachis condenados a existir en un eterno jolgorio patrio, ataviados con una indumentaria que parecía más eslava que mexicana.
Pero algo cambió. Poco a poco aparecieron restaurantes donde los sabores empezaron a recordar, peligrosamente, a los de casa; lugares donde uno reconocía aquel sazón tan lejano, sin necesidad de desgarrarse el estómago ni el corazón. Llegaron también tiendas con artesanías, colores y objetos que ya no representaban un México imaginado, sino uno vivido. Recuerdo pagar, sin demasiados remordimientos, una cantidad absurda de euros por una muñeca Lelé.
Quien haya nacido en Querétaro entenderá lo que quiero decir. Había crecido viéndolas casi sin mirarlas y, sin embargo, encontrarme una después de tantos años lejos fue como cruzarme inesperadamente con una vieja amiga de la infancia.
Hoy, Mercadona vende aguacates con absoluta normalidad. Y existe ya el verdadero prodigio contemporáneo: aguacate congelado y dividido en pequeñas porciones para quienes jamás desarrollaron ese sexto sentido que separa el guacamole glorioso del fracaso doméstico. El progreso humano, como vemos, avanza por caminos insospechados.
Hace poco una amiga me dijo: “A los catalanes nos gusta mucho lo mexicano”. Después de tantos años, creo entender por qué. Barcelona nunca fue para mí un exilio; apenas otra habitación de la misma casa. Los de aquí me aceptaron y ahora me ven como uno más: distinto, sí, pero uno más. He aprendido a disfrutar un fricandó, una buena parrillada de verduras y un vino de la tierra.
Pero si al día siguiente uno puede encontrarse unos tacos al pastor dignos y cerrar la comida con la sensación de estar un poco en Barcelona y un poco en Querétaro, entonces la vida alcanza una forma muy cercana a la perfección; uno no se siente tan lejos del terruño. Quizá las mejores conquistas culturales sean precisamente esas: las que llegan sin ruido; las que entran discretamente por la puerta, con educación y sin pedir permiso; las que, un día cualquiera, descubres que ya no son visita, sino parte de la casa.
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Foto de portada: pexels.com


