Barcelona

La Identidad como Escucha

Fausto Murillo
Notas, libros y campana

Rubén Fausto Murillo

Crónicas de un Cooltureta

Barcelona

Escritor, compositor y musicólogo, profesor del programa «Bruc Obert» desde 2011 y divulgador musical afincado en Barcelona. Licenciado en Composición por la Universidad Autónoma de Querétaro y graduado en Musicología por la Universidad Autónoma de Barcelona, compagina la docencia, la dirección coral y la crítica musical con una intensa labor de difusión a través de su plataforma La Batuta del Cooltureta y del podcast Notas con Música. Imparte regularmente cursos y conferencias en Casa Elizalde y otros espacios culturales, con el propósito de acercar la música clásica a públicos diversos desde una mirada rigurosa y cercana.

Con apenas veinticuatro años me marché del terruño con el alma llena de hambre y futuro. Regresé una década después y Querétaro no me recibió: me estalló en la cara. No fue bienvenida, fue revelación. Las campanas no sonaban más fuertes, pero yo las oía distinto. La luz sobre las fachadas era la misma; quien había cambiado era el hombre que volvía.

Durante años aprendí a mirar Europa con devoción aplicada. A escuchar a Bach, Bruckner o Monteverdi como patrimonio íntimo. A caminar por Barcelona con la ilusión de quien se construye otra casa. Y, sin embargo, bastó cruzar el Atlántico para comprender algo incómodo y luminoso: uno no abandona su raíz; más bien la pone a prueba.

Querétaro dejó de ser paisaje habitual y se convirtió en obra. Vi arquitectura donde antes veía rutina; tradición donde antes había costumbre; arte donde solo había cotidianidad. Y lo supe sin pudor: soy, profundamente, orgullosamente mexicano. No por consigna, sino por sensibilidad.

En los más de veinte años que llevo viviendo en Barcelona siempre me he sentido en casa. El océano que nos despliega en dos orillas no nos separa; apenas organiza las habitaciones de una misma casa grande que es la hispanidad. Nunca he tenido la sensación de exilio, sino de traslado: cambiar de sala, de estancia, de luz. Extranjero me he sentido —curiosamente— en países nórdicos, donde el silencio y la distancia cultural se perciben con nitidez. Aquí, en cambio, mi condición de mexicano fue recibida con curiosidad primero y con afecto después. Con el tiempo he pasado a ser parte de esta ciudad, uno más entre los miles que construimos aquí nuestra vida.

Para mis amigos y alumnos siempre he sido “el mexicano”, dicho con respeto y afecto. Durante mucho tiempo pensé que era solo una etiqueta entrañable; al volver comprendí que era algo más hondo: una forma de estar en el mundo.

Ser “el mexicano” no consistía en conservar giros como “ahorita”, “está chido” o “va de nuez”. Consistía en una manera de escuchar: escuchar las mezclas, los cruces, la superposición de tiempos; escuchar donde otros oyen ruido; escuchar la densidad histórica que convive con lo cotidiano.

Descubrí que mi identidad es una forma de escucha.

Escucha barroca: atenta al pliegue, al ornamento, a la convivencia de lo sagrado y lo popular. En Europa aprendí a admirar la densidad cultural; en Querétaro entendí que había crecido dentro de ella. Mi sensibilidad no era sofisticación adquirida, sino memoria activa.

Uno cree que se forma en los grandes centros culturales. A veces lo que ocurre es más simple: uno aprende a reconocerse cuando regresa. Mi mexicanidad no es un adjetivo pintoresco. Es afinación. Es sistema tonal.

Querétaro no fue solo el escenario de mi origen: fue el son que configuró mi oído. Regresar no fue volver a casa. Fue entender cómo fue escrita la partitura de mi vida.

Y acaso esa sea la forma más sobria del orgullo: no el que proclama, sino el que entiende y asume.

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